Renuncia Felipe Calderón, eres un inepto...

25 septiembre, 2010

Un adicto a la Blackberry descubre una empresa raíz en la India

Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez


No es posible imaginar un «cuchitril» más fabuloso. Un letrero pequeño intermitente en lo alto que dice «reparazión de móviles», apenas visible a través de los vendedores ambulantes que abarrotan el Mercado Juhu de Mumbai. Cuando iba camino de comprarme una Blackberry nueva, mi innato sentido de la aventura (o de la insensatez) me hizo parar el coche para investigar. Una tienda de menos de cuatro metros cuadrados. Sucia, mugrienta.
—¿Arregláis Blackberrys?
—Claro, enséñeme.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.
Tonterías. No tenía más de diez. ¡No estaba dispuesto a entregar mi preciada Blackberry a un chaval de diez años con una camiseta sucia y arrugada y en pantalón de pijama! Al menos, si comprara una nueva me salvarían los datos. Llevo un año con la intención de hacerlo.
—¿Qué le pasa?
—Bueno, la bola para desplazarse no funciona. Parece que está atascada y no puedo manejarla.
Me la quita de la mano y la mira.
—Debería lavar manos. Este problema tienen muchos clientes. La bola va llenado de grasa, ensucia y luego no funciona.
Me fijo en quién me está diciendo que me lave las manos. Seguramente lleva diez días sin darse un baño. Me acerqué para arrebatarle mi Blackberry inutilizada.
—Venga en una hora y arreglada.
No voy a dejar mis valiosos datos durante una hora en manos de este chico desaseado. De ningún modo.
—¿Quién va a arreglarla?
—Hermano grande.
—¿Cuánto de mayor es «hermano grande»?
—Grande... hmm... treinta.
Entonces, de repente, entra el hermano grande. ¿¿¿ 30 ??? No tiene más de 19.
—¿Algún problema? —dice arrebatándome el teléfono de la mano grasienta con una mano aún más grasienta.
Evidentemente, ningún directivo de ningún comercio en auge le ha enseñado normas de cortesía.
—Problema habitual en las Blackberry. Ahora reparo con piezas originales. Tiene que lavar las manos antes de utilizar esto.
¿Qué es esto, de repente, de que me lave las manos? El hermano mayor de 19 años hurga en un cajón sospechoso lleno de porquerías y saca una bola de repuesto envasada en un envoltorio de papel celofán barato. ¿Recambios originales? Lo dudo.
Pero ahora estoy a merced de la India auténtica y no hay escapatoria, y él saca mientras un par de destornilladores y se dispone a abrir mi Blackberry.
—¿Cuándo va a durar esto?
—Seis minutos.
Tengo que verlo. Después de pasar toda la mañana buscando un servicio oficial de Blackberry y recibir respuestas vagas de que envíe el teléfono para una valoración que puede tardar una semana, me acomodo en este taller abarrotado y repugnante. Al menos voy a poder ver desaparecer en el espacio virtual todos los datos que había almacenado. La gente se arremolina para ver lo que sucede. De todas formas, me cuesta respirar. Me digo que es una aventura y tengo que contenerme literalmente para no recuperar de un manotazo mi valiosa Blackberry y salir huyendo a toda prisa.
Pero, al cabo de seis minutos exactos, el chico me la devuelve. Había cambiado la pieza y había limpiado y encendido el aparato. Desmontado y montado. Cuando encendí el teléfono pasaron dos minutos interminables durante los cuales el teléfono no se encendió. Le miré con tan mala cara que retrocedió un poco.
—¿Tiene más de mil números de teléfono?
—Sí.
—¿Tiene copia seguridad?
—No
—Debe hacerla. Se la haré. No desmonte nunca teléfono sin hacer copia de seguridad.
—¿Me lo dices ahora?
Pero entonces se encendió el teléfono y mis datos seguían ahí. Todo el mundo que estaba mirando se rió y aplaudió. Aquello se convirtió en un espectáculo. Un espectáculo de seis minutos.
Le pregunté cuánto le debía.
—500 rupias —aventuró sin mucha convicción.
La gente de alrededor observaba contenta a la espera del regateo. Eso son 10 dólares frente a las 30.000 rupias (600 dólares) que estaba a punto de gastarme en una Blackberry nueva, o un par de semanas sin teléfono. Como correspondía, le miré impresionado por ese «precio tan alto», pero le pagué tranquilamente. Para decepción de la multitud expectante.
—¿Tiene Iphone? ¿El nuevo Iphone 4? ¿Lo tiene?
—No, ¿por qué?
—Inutilizo código de seguridad y le instalo aplicación o película que quiera. Le grabo diez películas en la tarjeta de memoria de este y se las cambio todas las semanas por pequeña cuota.
Regresé a casa habiendo hecho el descubrimiento del auténtico espíritu empresarial que subyace en lo que llamamos «la base de la pirámide». Tal vez haya quien lo llame piratería, cosa que sin duda es, ¿pero qué se puede decir de dos hermanos sin estudios ni formación, de 10 y 19 años, que montan una negocio de poca monta en un «cuchitril» y son capaces de arreglar cualquier aparato tecnológico que los mejores tecnólogos del mundo les puedan arrojar?
Dibujé una sonrisa por el futuro de nuestro país. Si fuéramos capaces de aprender a aprovechar todo este potencial...
Las últimas palabras que me dijo fueron «por favor, lave las manos antes de usarlo». Ahora me siento profundamente sucio.