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05 noviembre, 2010

Leñero: aberrante, la noticia comentada

No todos merecen llamarse periodistas.

Columba Vértiz de la Fuente (Proceso)

MÉXICO, D. F., 4 de noviembre (apro).- Vicente Leñero recibió hoy el Premio Nacional de Periodismo Carlos Septién dotado de 100 mil pesos por su trayectoria y calidad periodística.
En la ceremonia realizada en el Salón de Sorteos de la Lotería Nacional, también se le otorgó la medalla de metal Carlos Septién y un diploma.
El también novelista, guionista y dramaturgo jalisciense manifestó sentirse “abrumado” por “el cálido” evento, y recordó que a la escuela Carlos Septién García le debe “haber abandonado una insegura carrera de Ingeniería en la UNAM para abrazar la actividad que dio soporte y sentido al pedregoso camino emprendido desde joven hasta hoy, en la vejez”.

Confesó que no ambicionaba convertirse en periodista:
“Estudiaba números pero pretendía, con ofuscación, domeñar las letras, las palabras, el difícil arte del fraseo y la composición del lenguaje escrito. Quería eso: ser escritor, y una escueta mención relacionada con el inicio de cursos de una escuela de periodismo, leída en Excélsior, en la columna de un especialista en espectáculos que se apodaba Lumiére, me encandiló de golpe.
“Qué tal si inscribiéndome en esa escuela lograba aprender los secretos necesarios para escribir bien mis tropezados cuentillos y poemas de mi adolescencia. Qué tal si en esa escuela me enseñaban sintaxis, puntuación y ortografía… Me lo enseñaron, por supuesto. Aprendí no sólo a escribir correctamente sino a vencer la inseguridad y el miedo para saltar, como quien se para en el borde de un trampolín, hacia la profunda alberca del periodismo”.
Enseguida, el autor de Los albañiles y Los periodistas recordó que en esa escuela asumió que sólo el reportero es quien merece a cabalidad el crédito de periodista:
“El reportero como testigo de lo que ocurre en el presente inmediato. El reportero como buscador y desentrañador de la realidad, no la verdad, que se escribe con mayúscula y pertenece a los territorios de la filosofía o de la metafísica, sino de esta realidad palpitante que exige de ojos que la observen, de palabras que la describan, de mentes que la estrujen y la manifiesten para mostrar los sucesos de nuestro tiempo, para develar lo que se ignora, para denunciar lo tramposamente soslayado por los poderes políticos, económicos, religiosos. El reportero como detective implacable de este entorno común.”
Preocupado, señaló la mezcla que hoy se realiza de la información y la opinión:
“En mis tiempos, de acuerdo con lo que aprendimos en la Septién García, era muy clara la distinción entre los dos estadios en que se dividía la función periodística: la información y la opinión o análisis. Al reportero competía estrictamente la primera, fundamental. Él tenía a su cargo la indagación y el testimonio de los hechos, trabajos con la mayor imparcialidad posible, bajo el notable impulso de averiguar lo que ocurrió o está ocurriendo. Nada más.
“A los otros, llamados también periodistas, no por antonomasia sino por generosa ampliación del término, dado que escribían o participaban en los medios, competía la tarea de analizarlos o juzgarlos de acuerdo con su personal posición ideológica. Unos informaban otros analizaban. Los reporteros eran testigos; los otros, líderes de opinión. El peligro es que ahora existe una tendencia malsana a fundir y confundir ambos momentos de la información, a unirlos en un solo acto.”
Explicó con más detalle que lo anterior ocurre en el periodismo escrito pero sobre todo, “significativamente”, en la radio y en la televisión:
“Quienes dan la noticia, quienes en su papel de locutores sirven de voceros al trabajo reporteril, suelen proporcionar un juicio de lo que están informando en el momento mismo de proporcionar la noticia. Lo mismo locutores de izquierda que locutores de derecha proponen lo que algunos consideramos una aberración: ‘la noticia comentada’. La noticia valorada ya desde que se produce. La noticia inducida que ofende, antes que a nadie, al público receptor, como si éste fuera menor de edad, como si éste no tuviera la capacidad de analizarla por su cuenta”.
Y remató:
“Un reportero no debería ejercer jamás la función de comentarista. Trabajar y proporcionar noticias, y comentarlas luego en el mismo medio en el que trabaja, constituye una acción reprobable, al menos dislocada en relación con la autentica búsqueda de la realidad. Ser analista no vale más que ser reportero. El reportero es siempre el eje, la clave del periodismo.”